No ha sido fácil. Llevamos juntos
32 años arrancando días del calendario, rebasando meses, triturando años… en
este mundo tan ajetreado que gira y gira sin tiempo para pararse a pensar en el
tiempo. Toda una vida, dirían algunos, aunque he de reconocer que ha habido muchas
vidas incluidas en ésta; desde luego, así lo hemos sentido a lo largo de este
camino compartido a través de nuestra relación.
Nos conocemos muy bien. Podría
afirmar que incluso demasiado, pues hemos llegado a ese punto en el que, de un modo casi ofensivo, sobran
palabras y faltan gestos. Conocemos a la perfección
reacciones, deseos, apetencias, frases… a veces incluso antes de que sucedan:
entre la experiencia acumulada y el lenguaje corporal se nos ha hecho muy complicado
ser capaces de mentir; al menos sin que el otro descubra la trampa filtrada a
través de un tono de voz atípico, de una mirada que elude la contraria, de un gesto que
se escapa del guión establecido. Los pros y los contras de tantas y tantas
horas escudriñando temores con el alma desprotegida, contemplando resignados el
paso de los recuerdos para sentir que en algún momento todo vuelve a ser familiar y
repetitivo.
Desde hace un par de semanas, la
situación ha cambiado de manera considerable: esa rutina pegadiza y continuada
ha pasado a un incómodo segundo plano. Nos hemos vuelto diferentes a los ojos
del otro, enfatizando con nuestro comportamiento unos defectos que ya
dormitaban desapercibidos, ahogados bajo el peso de los años. Uno más egoísta y
displicente, el otro más desconfiado e irritable, pero ambos sometidos a la
execrable tarea de humillar al contrario a base de atacar sus puntos débiles,
de herir al enemigo masacrando la fragilidad de su carácter. Pudiera ser un
comportamiento recíproco, una resentida Ley del Talión que emergiese de lo más
profundo de nuestras miserias, embotadas de venganza tras miles de horas contenidas
bajo una represión incomprensible. Pudiera ser que el vaso, por fin, haya colmado
su capacidad y su desbordamiento haya pulsado un botón de alarma en nuestro
cerebro. En todo caso, algo o alguien ha desencadenado una nueva etapa,
diferente, inesperada, que ha despedazado nuestros hábitos y costumbres de la
manera más abrupta.
Hemos decidido pactar un
armisticio que nos proporcione el tiempo necesario para la reflexión; una pausa
en ese estado permanente de ataque irascible que desangra nuestra paciencia.
Hoy, en la cena, mostraremos por fin nuestras cartas. Basta de fingir, forzando
una situación para la que ya no existe salida. Nos diremos las verdades, ésas
que agujerean el alma con su sinceridad, engendrando llagas que nunca más
vuelven a cerrarse. Estaremos de acuerdo en comprender el por qué de esta
rabia, enraizada en la ausencia de un cariño que hace ya muchos años que tomó
la decisión de abandonar el barco. Y tras demasiado tiempo de silencio y sentimientos
disfrazados, reconoceremos casi con pudor que desde hace pocos días otras
caricias han acelerado nuestros corazones, que otros cuerpos han sido capaces
de transportarnos a lugares que no visitábamos desde hacía décadas. En pocas
palabras, que los dos nos hemos enamorado de otras personas: dos seres ajenos a
un mundo de oscuridad que ahora dejamos atrás, mientras contemplamos cómo
entierran definitivamente una relación que poco a poco se iba muriendo en vida. La
nuestra…




















