Al igual que el año pasado, estas fechas no van a tener para mí ningún
significado especial. Tan sólo deseo que aparezcan a mi alrededor sin mucho
estruendo (salvo el estrictamente necesario) y que pasen de largo lo más rápido
posible. No se trata de que guarde un mal recuerdo de tiempos pasados, ni
tampoco de que aflore en mi interior un sentimiento negativo hacia los turrones
y las campanadas de Fin de Año. No, ése no es el caso. Consiste en algo mucho
más sencillo: la Navidad sin ti respirando a mi lado se transforma en una
película ya vista, larga y aburrida, que dejo transcurrir esperando a que
aparezca la palabra “fin”.
Debería cerrar los ojos y pedirle un deseo a uno de esos duendes buenos que revolotean invisibles
entre los copos de nieve en estos días. Lo haría, pero la verdad es que nunca
me han hecho mucho caso... Les pediría que te trajeran a casa, para tenerte aquí,
abrazado en tu mirada y perdido entre tus caricias mientras susurras un
maravilloso “te quiero”, mi mejor regalo de Papá Noel. Por desgracia, el año
pasado dejé de creer en ellos.
Por eso, en este año que ahora termina, presiento que no me hará mucha
gracia la decoración del abeto, ni la cena de Nochebuena, ni la nieve
resbalando suave sobre los paraguas de la gente que pasa reflejando el frío en
sus caras. Este año, lo único que de verdad deseo es volver a verte y, debajo
de un puñado de muérdago, entregarte mi regalo de Navidad, mi mejor obsequio:
la promesa de que éstas serán las últimas fiestas que pasemos separados.
Después, estoy seguro de que todo será mucho más fácil. Tan sólo hay que volver
a creer…
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